El concepto de IA es
aún demasiado difuso. Contextualizando, y teniendo en cuenta un punto de vista
científico, podríamos englobar a esta ciencia como la encargada de imitar una
persona, y no su cuerpo, sino imitar al cerebro, en todas sus funciones,
existentes en el humano o inventadas sobre el desarrollo de una máquina inteligente.
Aunque, por el
momento, la mayoría de los investigadores en el ámbito de la Inteligencia Artificial
se centran sólo en el aspecto racional, muchos de ellos consideran seriamente
la posibilidad de incorporar componentes «emotivos» como indicadores de
estado, a fin de aumentar la eficacia de los sistemas inteligentes. Particularmente
para los robots móviles, es necesario que cuenten con algo similar a las
emociones con el objeto de saber –en cada instante y como mínimo– qué hacer a
continuación.
Esta señal podría
interrumpir los procesos de alto nivel y obligar al robot a conseguir el
preciado elemento [Johnson-Laird, 1993, p. 359]. Incluso se podría introducir
el «dolor» o el «sufrimiento físico», a fin de evitar las torpezas de
funcionamiento como, por ejemplo, introducir la mano dentro de una cadena de
engranajes o saltar desde una cierta altura, lo cual le provocaría daños
irreparables.
Esto significa que los sistemas inteligentes deben ser dotados con mecanismos de retroalimentación que les permitan tener conocimiento de estados internos, igual que sucede con los humanos que disponen de propiocepción, interocepción, nocicepción, etcétera. Esto es fundamental tanto para tomar decisiones como para conservar su propia integridad y la seguridad. Los sistemas inteligentes, al combinar una memoria durable, una asignación de metas o motivación, junto a la toma de decisiones y asignación de prioridades con base en estados actuales y estados meta, logran un comportamiento en extremo eficiente, especialmente ante problemas complejos y peligrosos.
En síntesis, lo
racional y lo emocional están de tal manera interrelacionados entre sí, que se
podría decir que no sólo no son aspectos contradictorios sino que son –hasta
cierto punto– complementarios.
